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jueves, 22 de noviembre de 2012

TRASTORNOS DEL APEGO: Consecuencias ( Parte I )


La personalidad adulta la pensamos desde la Teoría del Apego y la Teoría de las Relaciones Objétales Psicoanalítica como producto de la interacción del individuo con figuras claves durante sus años infantiles, vulnerables y, en particular, con las figuras de apego.
Un gran número de conductas consideradas como precursoras de los trastornos de conducta (las rabietas, las agresiones, las conductas de oposición, el desafío) podrían ser estrategias de apego que intentarían llamar la atención o el acercamiento a la figura de apego cuando éstas se encuentran insensibles a las señales del niño.

Otro mecanismo que podría explicar los problemas de conducta estaría relacionado con la forma en cómo se han desarrollado a lo largo del tiempo la percepción, la cognición y la motivación.

De esta forma el apego inseguro puede conducir a sesgos hostiles en la percepción del otro, dando lugar a reacciones de agresividad de tipo reactivo. En tanto que el apego seguro daría lugar a relaciones interpersonales basadas en la confianza.La conducta de apego juega un rol muy importante en lo que se refiere a la regulación emocional. Esta regulación puede se flexible o rígida.

La seguridad en el apego permite y facilita la capacidad auto-reflexiva y la mentalización que asegura la comprensión intuitiva de las motivaciones del otro y su predicción. Esto protegería contra los trastornos de conducta en la medida que el sujeto es capaz de intuir los sentimientos del otro, generando relaciones empáticas y asegurándoles una relación de intercambio con su medio social.

La experiencia familiar de los niños que se convierten en seres relativamente estables y dotados de confianza en sí mismos, no solo se caracteriza por el apoyo que les dan los padres cuando ello es necesario, sino también por el aliento que les brindan, de modo paulatino pero oportuno, para que vayan adquiriendo una autonomía cada vez mayor. Los adultos que desconocen la posibilidad de contar con figuras que les brinden apoyo y protección de manera constante, puede llegar a no confiar en la posibilidad de que siempre puedan tener acceso a una figura de afecto que les merezca plena confianza, sus representaciones internas son confusas e inseguras; Ven al mundo como algo impredecible y hostil, respondiendo en consonancia: apartándose de él o buscando conflictos.

Comprender bajo que condiciones se construye el modelo de conducta de apego nos permite entender que hay personas que pueden haber aprendido que una figura de apego sólo responde de manera positiva cuando se la hace objeto de mimos y halagos. Otros pueden haber aprendido durante la infancia que la respuesta deseada solo puede obtenerse si se cumplen determinadas reglas del juego. Siempre que esas pautas hayan sido modeladas y las consecuencias de no respetarlas, leves y previsibles, el sujeto podrá seguir creyendo en la posibilidad de obtener apoyo cuando lo necesite. Pero cuando las reglas son estrictas y difíciles de cumplir, y en especial cuando incluyen amenazas de quitar todo el apoyo, la confianza suele perderse;las consecuencias las observamos en adultos decepcionados y hostiles frente al otro.

En el modelo de sí misma que construye una persona una característica clave es su criterio sobre la aceptabilidad o inaceptabilidad de su propio ser a ojos de las figuras de afecto. Sobre la estructura de esos modelos complementarios se basan los pronósticos de esa persona dependiendo de la accesibilidad de las figuras de apego y su capacidad de respuesta en momentos en que requiera su apoyo (concepto de “respuesta sensible”), lo cual creará, lo que en la Teoría del Apego se denomina, una ”base segura”.


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sábado, 26 de marzo de 2011

El Apego

José está en el hospital de niños, abandonado, con desnutrición, se plantea la urgencia emocional y afectiva por conseguirle una familia que lo adopte. Posibles adoptantes: una pareja absolutamente comprometida con el bebé y una segunda pareja que plantea la necesidad de tiempo para pensar, ya que la decisión era adoptar una nena. Quienes tienen a cargo la decisión legal (¿burocrática?) deciden esperar a esta segunda pareja. ¿Las razones?: la primera pareja estaba formada por dos hombres; la segunda pareja cumplía con los requisitos: heterosexual, legalmente casada. El que no pudo esperar la decisión fue José. Mientras se discutía en despachos y consultorios si una pareja homosexual podía adoptar o no un niño, podía ejercer o no la función paterna y materna, José murió.
Este relato doloroso es uno de los tantos que escucho en mi práctica como psicoanalista. La situación de descuido surge desde el prejuicio, aun cuando están en juego decisiones que involucran la vida y las emociones de los seres humanos.
Cuando hablamos de función materna, ¿está dada por la biología? Cuando hablamos de función paterna, ¿estamos pensando en la función que ejerce un padre en una pareja heterosexual? Si la heterosexualidad de una pareja fuera el reaseguro de la sexualidad “normal” de los hijos, ¿cómo se explica que de estas parejas puedan surgir hijos homosexuales? ¿Qué esperamos en la evolución de un niño cuando fue abandonado en una primera instancia, al ocurrir su nueva inserción en una familia?
Conviene plantear la institución familiar como una garantía (ilusoria) de permanencia; un lugar (ilusorio) de seguridad. Pero, ¿de qué familia hablamos? De aquella en donde lo que se mantiene invariante para un niño es la asimetría que le asegure la supervivencia y el desarrollo de su psiquismo: no de la familia sacramental.
Lo que formará el psiquismo es la identificación con los aspectos inconscientes; las fantasías que acompañen la modalidad de relación serán lo que finalmente predomine. Nos podríamos sorprender si analizáramos las fantasías inconscientes de algunos que forman familias legales, sacramentales y heterosexuales.
En psicoanálisis se ha tomado una postura normativa sobre la elección de objeto: la genitalidad se ha asimilado con la madurez y la heterosexualidad con una resolución evolutiva, favorable y saludable. Sin embargo, una pareja heterosexual, a la hora de relacionarse, puede hacerlo de muy diversos modos: cuando pensamos un vínculo, deberíamos considerar la cualidad del mismo, antes que las condiciones de género de cada miembro. La modalidad de vínculo entre personas de un mismo género no tiene por qué ser disfuncional, y más de un vínculo heterosexual sí lo es. Un intercambio que se presenta como “genital maduro” puede ser otro en el nivel de la relación objetal interna.
La teoría del apego, que postuló John Bowlby (La separación afectiva, Vínculos afectivos: formación, desarrollo y pérdida y otros textos), localiza la sexualidad en una relación donde está en juego la calidad de los vínculos afectivos y no la singularidad de los sujetos en cuestión. Desde esta teoría, la patología es el resultado de la vulnerabilidad y de los factores de riesgo a lo largo del ciclo vital; las vicisitudes de la sexualidad son un factor secundario a esta ecuación.
Las eventuales respuestas patógenas de los padres, en su incapacidad de responder empíricamente a las necesidades del self infantil, vulnerable e inmaduro, serán las que producirán un colapso y desintegración en el niño. Peter Fonagy afirma que el niño tiene la oportunidad de encontrarse a sí mismo en el otro: el niño construye una imagen de sí mismo a través de la forma en que los padres se esfuerzan en comprenderlo y entenderlo. Esto es absolutamente independiente de la identidad sexual de los padres.
En muchos niños que están en instituciones, a la espera de la decisión legal para ser adoptados, el abandono primario fue generador de ansiedades terroríficas de aniquilamiento, y lo que puede darles marco de contención es la posibilidad de relacionarse con figuras de apego que pudieran reparar la ansiedad originaria provocada por la separación inicial.
Para la teoría del apego, lo que modela la interacción entre un niño y sus padres es un modelo relacional que se internaliza convirtiéndose en una estructura interna, que funciona como mapa cognitivo. En este mapa se irán insertando, a lo largo de la vida, sus distintas relaciones vinculares. La calidad de los cuidados parentales resulta así de fundamental importancia para la salud mental de un niño. En un ambiente seguro, empático y de contención se podrá crear un modelo vincular de apego, lo que permitirá a ese niño pararse como un futuro adulto seguro. Cuando algunas de estas condiciones se rompen, el apego pasa a ser inseguro, generando un adulto que se ubicará ante el mundo con una vivencia de apego inseguro, en sus modalidades de apego inseguro evitativo y de apego inseguro autosuficiente. Por lo tanto, no es la biología lo que determina la capacidad mediadora de una madre y tampoco la condición de género lo que habilita a ejercer la función materna.
Desde esta teoría, el apego es una pulsión que aparece en el nacimiento, pero se hace observable a partir de los seis meses. Desde allí hasta los dos años se crearán las potencialidades para el vínculo de apego primario. Esta función no es cerrada: podrá modificarse a lo largo de toda la vida; el apego secundario se considera muy importante por las posibilidades de reparación de un vínculo de apego primario fallido.
Lo masculino y lo femenino se juega en cada uno de nosotros, esto ya lo planteó Freud en su concepto de bisexualidad. La bisexualidad constitutiva se jugará en cada encuentro de pareja de distintas maneras, independientemente del género, por lo cual jamás podría sostenerse que un niño criado por una pareja homosexual hubiese de elegir linealmente ser homosexual. El eje que importa será el juego de roles que establezca esa pareja; la manera en que cada uno juegue lo femenino y lo masculino determinará las posteriores elecciones de un hijo.
Es un desafío para nuestra sociedad pensar los prejuicios por los cuales se ha llegado a dar prioridad al género por sobre lo vincular. Es también una asignatura pendiente, con tantos niños que fueron privados de un hogar donde hubieran podido ser cuidados en un marco seguro. Es así esta presión social lo que ha constituido un verdadero obstáculo.